La retórica de la “excelencia” es una estafa

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Es un lema cada vez más en boca de los políticos. Pero ninguna sociedad funciona sobre la base de un puñado de “mejores”. Y acaba remitiendo incluso a un modelo de sociedad en quiebra. 

Desde hace ya varios años la palabra “excelencia” ha adquirido un aura particular, salvadora, casi escatológica. Todo hombre político de los que cuentan – sólo sea moderadamente – se siente obligado a invocar el horizonte de la excelencia como aquello que confiere dignidad última a cualquier actividad, como modelo que extender a todo trabajo, producción, institución.

Esta apelación a la excelencia no se ha quedado en cuestión semántica, sino que se ha traducido en normas y guías, con especial referencia a escuelas y universidades, pero extendiéndose a toda la esfera del “made in Italy· (por definición, naturalmente, una excelencia). La referencia ideal a la excelencia se ha traducido así en la idea de que toda actividad laboral debe concebirse un poco como un campeonato deportivo, en el que es justo que alimenten aspiraciones de dignidad sólo aquellos que aspiran a la cima. Por contra, todos los “no excelentes” deben sólo pagarlo con ellos mismos si no obtienen reconocimiento. La introducción de diversos  “extras de premio” a los docentes de los colegios, de aumentos como premio a los docentes universitarios, de financiación como premio a departamentos y a universidades o, de modo semejante, los recursos de premio  previstos en la “reforma de la administración pública” etc., van todos en esta dirección, en la que la normalidad se asimila a la mediocridad, mientras que se reservan dignidad y honorabilidad a las “excelencias”.

El problema de este modelo no es que sea “meritocrático” – y que por tanto se opongan a él los empantanados y retrógrados “antimeritocráticos”. No. El problema es que se trata de un modelo de sociedad y de acción colectiva en quiebra.

Ninguna sociedad funciona sobre la base de un puñado de excelencias y, por definición, las excelencias no pueden ser más que una minoría. La noción de excelencia es de hecho una noción diferencial: se es “excelente” en la medida en que se está virtuosamente fuera de lo corriente. La idea de que, para ver reconocida la dignidad de lo que se hace, se debe pertenecer al grupo de los excelentes es una receta de naufragio seguro y lo es precisamente en el plano de los incentivos. En efecto, la apelación a esta “excelencia de masa” naufraga por tres razones fundamentales.

La primera es banalmente numérica: si confiero reconocimiento público (dignidad, protección, prestaciones) sólo a la excelencia (verdadera o presunta), creo el terreno para una frustración masiva, ya que la mayoría por definición se verá privada de reconocimiento. Aquí no sólo se cuestiona el hecho de que la mayoría no va a ser excelente por definición, sino todavía más el hecho de que eso no se aceptará como algo natural. Un sondeo sociológico de hace algunos años mostraba que el 94 % de los entrevistados se consideraba, en lo que respecta a la calidad de su trabajo, por encima de la media de sus colegas. Prescindiendo de quién esté equivocado y de cuánto, parece claro que las autocandidaturas de buena fe a la excelencia excederán siempre ampliamente los puestos disponibles. El propio mecanismo no puede sino generar enormes espacios de descontento.

La segunda razón está vinculada a los papeles sociales, y es más radical. Pese a que recientemente se nos haya acostumbrado a crear formas competitivas y jerarquías piramidales para muchos oficios que antes carecían de ello (pensemos en los cocineros de Master Chef), está claro que por mucho que nos las ingeniemos, la inmensa mayoría de las actividades que hacen avanzar a una sociedad no se prestarán nunca a valoraciones competitivas. No hay lugar, sensatamente, para super-hojalateros, cajeras fuera de serie, campeonísimos de la asistencia de enfermería, revisores hiperbólicos, ases de la recogida de basuras, etc. Plantear una sociedad en la que reconocimiento y excelencia van de la mano significa plantear una sociedad en la que la inmensa mayoría de las ocupaciones nace con el estigma de la mediocridad y la indignidad. (Curiosamente, a los mismos que proponen esta retórica de la excelencia los encontramos luego preguntándose pensativos cómo es que los jóvenes ya no se sienten atraídos por este o aquel oficio).

Elogiar y premiar la excelencia puede tener una útil función social, proporcionando modelos motivadores para la juventud en formación, pero no puede substituir nunca el más fundamental e importante de los modelos, aquel en el que se cultiva simplemente la capacidad de hacer bien el propio trabajo. Por mucho que pueda sonar conservador o con poco “glamour”, no hay ningún substituto semejante a un modelo que nutra y alimente la dignidad del trabajo como orgullo de haber desempeñado el deber propio, sin saltos mortales ni efectos especiales. Sólo la idea de contribuir con una aportación a esa empresa no banal que es el buen funcionamiento de una sociedad puede sostener en el tiempo un estado, una comunidad, una civilización Una mirada histórica al “ethos” civil de las civilizaciones histórias más fuertes y longevas (de la Roma antigua al Imperio Británico) puede mostrar bien de qué modo, junto al elogio de la individualidad y virtudes eminentes, resultaba crucial cultivar el orgullo de formar sencillamente parte de esa acción colectiva, de esa forma de vida.

La única forma de meritocracia de verdad indispensable consiste en estar en situación de estigmatizar eficazmente y castigar eventualmente a los “free riders”, a los oportunistas perezosos que, a la sombra de la aportación de los más, excavan nichos en los que no hacer nada. Un sistema debe, por lo tanto, estar siempre en condiciones de eliminar, por así decir, la grasa al fondo del barril, en la medida en la que, para valorar a quien cumple con su deber, debe estigmatizar a quien se substrae intencionadamente a ello.

Lo cual nos lleva a la tercera y última razón de la iniquidad de una de una retórica de la excelencia. Mientras que reconocer los componentes subóptimos de un sistema, como los “free riders”, es tarea relativamente fácil, reconocer la excelencia es tarea extremadamente ardua y nunca sistematizable de modo eficiente. La excelencia, por naturaleza, es aquello que está fuera de lo corriente en la medida en que presenta características suplementarias y superiores a la norma. Por esta razón, la excelencia se esfuerza siempre para ser reconocida como tal por la norma. Por otro lado, sólo la norma (la medianía) puede formar el juicio que en última instancia reconozca la excelencia. El genio incomprendido es casi un clisé histórico, pero es un clisé basado en infinitos ejemplos y en un mecanismo prácticamente fatal. Toda auténtica excelencia en casi cualquier campo se verá siempre reconocida con dificultad, justamente por sus rasgos fuera de lo común. Un sistema que se precia de otorgar reconocimiento únicamente a las excelencias acaba típicamente por convertirse, en cambio, en un sistema que premia sólo a los más conformistas y ambiciosos entre los mediocres. Una vez más, lo que aparece en primer plano es un modelo que, lejos de proporcionar incentivos para la acción social, genera resentimiento.

En conclusión, la insistente llamada a la excelencia representará quizás un lema válido, dinámico, juvenilista, bueno para persuadir a los ignorantes, para afrontar instancias de innovación, pero constituye de hecho un modelo de valores puramente retórico, vacío y seriamente contraproducente.

Andrea Zhok

(1967), profesor asociado de Antropología Filosófica Moral de la Universidad de Milán, es autor, entre otros libros, de Il concetto di valore: tra etica ed economia(2001) y Lo spirito del denaro e la liquidazione del mondo(2008).

Fuente:

L´Espresso, 30 de enero de 2018

 

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